Por Lic. Luciana Isabela Quetglas
Hay reconocimientos que distinguen una trayectoria y hay otros que, además, permiten decir en voz alta algo que una comunidad siente desde hace mucho tiempo. El sábado 26 de septiembre, en la Parroquia Nuestra Señora de Carupá, ocurrió esto último. Sobrevivientes, Organismos, Comisiones de DDHH, abogados y abogadas, periodistas, sindicatos, instituciones, organizaciones sociales, artistas, autoridades provinciales y militantes de distintas generaciones se encontraron para reconocer a Pablo Llonto. Pero, sobre todo, para abrazarlo.
La actividad fue el punto de llegada de un proyecto nacido e impulsado desde la Comisión de Derechos Humanos Padre Pancho Soares y llevado al Senado de la Provincia de Buenos Aires por la Senadora provincial Roxana López, quien tomó aquella propuesta, la trabajó y la convirtió en un reconocimiento institucional a una trayectoria inseparable de la defensa de los derechos humanos, de las luchas de las y los trabajadores de prensa y de la construcción de Memoria, Verdad y Justicia.

Foto gentileza Ezequiel Glikman
Entre quienes acompañaron la jornada estuvieron Marina Vega, en representación de la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires, y la Senadora Provincial Mónica Macha.
Sin embargo, desde el comienzo quedó claro que este acto protocolar sería por sobre todas las cosas un encuentro humano cargado de emociones.
El primero en tomar la palabra fue Jorge Marenco, cura párroco de Nuestra Señora de Carupá, integrante de Curas en Opción por los Pobres y de la Comisión Padre Pancho Soares. Desde ese lugar cargado de historia, mencionó un hecho que otorgó todavía mayor profundidad al encuentro al recordar que fue Pablo quien tomó la causa por el asesinato del Padre Francisco “Pancho” Soares para comenzar a buscar justicia.
Entonces Carupá dejó de ser solamente el lugar elegido para el homenaje. Allí estaba también una parte de la historia de Pablo.
A cincuenta años del martirio de Pancho y del golpe de Estado genocida, reconocerlo en esa Parroquia permitió unir tiempos y generaciones. La memoria de aquel cura obrero comprometido con su comunidad y con los más humildes se encontró con la trayectoria de un hombre que hizo de la búsqueda de justicia y del acompañamiento a otros y otras una manera de caminar por la vida.
Desde la Comisión Padre Pancho Soares se dio la bienvenida y el agradecimiento a quienes estaban allí y a quienes, aun sin poder estar físicamente, habían querido hacerse presentes. Un video reunió los saludos de Ezequiel Fernández Moores, Félix Crous, Gabriela Sosti, Estela de Carlotto, Iris Pereyra de Avellaneda y Adolfo Pérez Esquivel. Distintas voces, distintas historias y una misma necesidad “decirle a Pablo que su recorrido dejó una huella invaluable”.
Después llegó el tiempo de Gustavo Campana, Silvia Saladino, Stella Segado, Carolina Varsky y Ernesto “Coco” Lombardi, con la moderación de Francisco Rosso, quienes fueron reconstruyendo desde lugares diferentes una misma trayectoria. Fue entonces cuando ocurrió algo hermoso, cuanto más se hablaba de la dimensión pública de Pablo, más aparecía su dimensión humana, porque detrás del periodista, del abogado, del militante sindical y del defensor de los derechos humanos aparecía una y otra vez el compañero.

El hombre solidario, humano y humilde. El que escucha y contiene. El que trabaja con enorme compromiso y calidad, pero también con calidez. El hombre plural, sencillo y generoso. El que sabe estar cerca sin ocupar el centro. El que abriga cuando las historias duelen. El que sabe que ninguna construcción transformadora puede hacerse en soledad.
Quizás por eso el reconocimiento produjo tanta felicidad. Porque Pablo logró algo que no siempre resulta sencillo, ser parte de una historia enorme sin quedar detenido en ella. Ser referencia sin ponerse por encima de nadie. Convertirse en emblema sin dejar de ser un compañero imprescindible, un faro para ayudar a encontrar caminos.
La presencia de tantas personas y organizaciones también habló de aquello que necesitamos recuperar y profundizar como sociedad. Frente a una cultura que tantas veces empuja al individualismo, al “sálvese quien pueda” y a pensar que cada persona debe resolver sola incluso aquello que la desborda, Carupá mostró que otra escena es posible, que nadie se construye solo, que nadie atraviesa los dolores solo y que ninguna conquista verdaderamente colectiva se consigue en soledad.
Los vínculos también sostienen. La solidaridad abriga. Ser escuchados, reconocidos y acompañados repara. Y poder agradecer en vida a quienes dedicaron buena parte de la suya a acompañar a otros es también una forma de construir una sociedad más humana.
El momento de la entrega condensó buena parte de la emoción de la tarde. Roxana López y Mónica Macha entregaron conjuntamente a Pablo la Declaración de Interés Legislativo a su trayectoria.

Junto a Pablo estaba su hija, verlos recibir y abrazar juntos aquella distinción produjo una de esas escenas que difícilmente puedan explicarse solo con palabras, y terminó de darle al momento una dimensión que excedía cualquier formalidad. Porque allí había una historia personal, pero también una historia colectiva, y se estaba poniendo en valor una manera de transitar la vida con otros y con otras.
El sentido más profundo de reconocer en vida pasa por detenerse un momento en la marcha cotidiana y mirar a alguien a los ojos para decirle gracias. Hacer visible aquello que tantas veces damos por supuesto. Decirle al otro que su presencia importó, que su trabajo dejó marcas, que sus gestos sostuvieron y que una parte de lo construido colectivamente también lleva sus manos.
El sábado se reconoció una trayectoria extraordinaria, y tal vez por eso hubo emoción, pero no tristeza, hubo memoria, pero no una nostalgia paralizante, hubo historias atravesadas por grandes dolores, pero también risas, música, celebración, compañeros y compañeras que volvieron a encontrarse, y generaciones distintas compartiendo un mismo espacio.
La esperanza de volver
La memoria, cuando está viva, nunca habla solamente del pasado.
En Carupá estuvieron el Padre Pancho y las Madres. Estuvieron quienes lucharon, quienes sobrevivieron, quienes buscaron durante décadas, quienes llevaron esas búsquedas a los tribunales, quienes las transformaron en políticas públicas, quienes las contaron y quienes las recibieron como legado.
Y estuvieron quienes vendrán, de la mano de los pibes y las pibas que acompañaron activamente esta jornada.
Pablo lo expresó alguna vez recuperando una enseñanza de las Madres
“Las Madres nos enseñaron a tener voluntad de vencer y la esperanza de volver, ambas cosas se lograrán”.
Quizás esa sea también una manera de nombrar lo que ocurrió en este encuentro.

En tiempos en los que necesitamos volver a encontrarnos, recuperar la confianza en los otros y reconstruir horizontes colectivos, el reconocimiento a Pablo recordó que existe otra forma posible de vivir una sociedad donde la solidaridad no sea excepcional, donde nadie tenga que atravesar solo sus dolores, donde la justicia social sea parte inseparable de la dignidad y donde el compromiso con el otro vuelva a ser un valor.
Sin idealizar el pasado, es necesario recoger lo mejor de aquellas luchas para seguir construyendo. Porque un mundo mejor se hace con memoria y de manera colectiva.
El sábado, el Senado bonaerense reconoció la trayectoria de Pablo Llonto. Pero en Carupá sucedió algo todavía más profundo:
Una comunidad abrazó a uno de sus hombres buenos
Y en ese abrazo colectivo hubo memoria, hubo justicia, hubo verdad, hubo ternura y compañerismo. Se abrazaron también cincuenta años de historia.
Pero, fundamentalmente, hubo futuro.










