Por Marcela Cesare
Hoy, en el Día Internacional de la Alfabetización, vale la pena detenernos en un dato que preocupa: 739 millones de jóvenes y adultos todavía no cuentan con habilidades básicas de lectura y escritura, y casi dos tercios son mujeres.
La alfabetización no termina cuando una persona aprende a reconocer letras o escribir algunas palabras. Es la base para comprender un texto, expresar una idea, ejercer derechos y continuar aprendiendo durante toda la vida.
Cuando esa primera etapa no se desarrolla como corresponde, las dificultades se acumulan y se hacen visibles más adelante. Las vemos en la escuela secundaria y también en la universidad: jóvenes que avanzaron en su recorrido educativo, pero que todavía encuentran barreras para comprender consignas, interpretar textos o comunicar lo que piensan.
Como docente universitaria, puedo ver la diferencia que genera haber contado con una buena base desde los primeros años. Volver a una escuela organizada, con docentes capacitados y normas claras que prioricen el aprendizaje, es fundamental.
El futuro, en todos los sentidos, depende de una población alfabetizada, con acceso a una educación de calidad y con posibilidades reales de seguir aprendiendo, desarrollándose y creciendo.
Educar es acompañar desde el comienzo, porque cada aprendizaje que falta puede convertirse mañana en una nueva barrera.










