Por Joaquín Noya* y Érica Pereyra**
“No existe para el peronismo más que una sola clase de hombres: los que trabajan”.
Juan Domingo Perón
El capitalismo, desde que es capitalismo, procuró dividir a la sociedad en dos grandes grupos de personas en base a su relación directa con su reproducción inmediata, es decir que deben hacer para poder levantarse todos los días y cubrir sus necesidades básicas.
Así quienes se opusieron al capitalismo y propusieron modelos alternativos donde el eje principal estaba en lo colectivo, en la dignidad y en la comunidad desmenuzaron este modo de producción para poder categorizarlo y de esta manera visibilizar las relaciones de explotación que lo reproducen diariamente. Así categorización burguesía-proletariado, o en su versión latinoamericana argentina trabajadores versus quienes viven del trabajo de otro, permitió analizar y transformar dicha realidad.
Hoy 1 de mayo es el día de quienes movemos el mundo con nuestra fuerza de trabajo, ya sea manual o intelectual. A diferencia del siglo pasado donde si uno miraba con largavistas a la masa de trabajadores encontraba un paisaje homogéneo hoy se ve un paisaje muchísimo más heterogéneo. Obviamente con matices y relieves distintos, pero a grandes rasgos se podía visualizar al obrero tradicional fabril, al trabajador rural y a los de “cuello blanco”. Esa homogeneidad permitió construir unidad, construir identidad, ideología y representación política. Construir un proyecto de y para los y las trabajadoras claro. Hoy en pleno siglo XXI luego de una o varias etapas neoliberales y en medio de una revolución tecnológica que transformó y transforma diariamente las relaciones interpersonales dentro de la sociedad, incluida ahí la reproducción del capitalismo, el paisaje no es tan claro. Por un lado, el propio capital se fragmentó: rentístico, productivo, financiero y el capital de la nube; ninguno termina de imponerse por sobre los demás, pero se están conformando hegemonías claras.
Por ende, de la vereda de enfrente el paisaje trabajador mirado en perspectiva se fragmentó aún más en el mundo y en nuestro país. Hoy esas tres caracterizaciones hacia adentro del mundo del trabajo que recién mencionamos se encuentran entrecruzadas por nuevas problemáticas. Siguen existiendo, aunque con grandes matices internos. Dentro del mundo de la formalidad (con derechos laborales) existen trabajadores que pagan impuesto a las ganancias y trabajadores bajo la línea de pobreza, primera gran novedad de los últimos 5 años. Existe la terciarización laboral fuera de convenio que hace que por el mismo trabajo se cobren distintos sueldos. Existen una cantidad de desocupados en aumento en los últimos años. Existen quienes tienen trabajo y no derechos laborales, según la última medición del INDEC representan al 43% de la población económicamente activa 5,6 millones de compatriotas. Dentro de este 43% están trabajadoras del cuidado y comunitarias, cuentapropistas clásicos (plomero, gasista, etc.), recicladores urbanos, feriantes, vendedores de la vía pública, trabajadores y trabajadoras de la agricultura familiar, cooperativistas de diversos rubros, trabajadores y trabajadoras de plataformas.
En fin, un paisaje de la clase trabajadora muy heterogéneo, con muchas divisiones internas, a las que se le suman las divisiones de género, que en época de crisis se acentúan aún más, siendo las mujeres y diversidades las más perjudicadas, donde las desgracias de uno se buscan en los “beneficios” de otros. Una clase trabajadora donde el trabajo sistemático realizado por la última dictadura cívico militar y los vaivenes del capitalismo para dividirla y fragmentarla han calado hondo.
Por eso en este día del trabajador y la trabajadora la tarea sigue siendo la misma: la conquista de una sociedad con justicia social y una vida digna, de buen vivir como diría Francisco. Porque nosotros, quienes trabajamos, no queremos más de lo que nos corresponde para poder vivir dignamente. Para lo cual es indispensable poder poner en línea reivindicativa y política a los intereses de la masa trabajadora cada día más heterogénea, reconstruir un proyecto de país. Donde un objetivo común inicial y como piso para ir por más debe ser que no existan trabajadores y trabajadoras sin derechos, tal como lo supo hacer el Peronismo el siglo pasado, que no existan trabajadores y trabajadoras bajo la línea de la pobreza y que ese 1% que se lleva una gran porción de la torta que hacemos entre todos encuentre límites claros en un Estado puesto en función de las mayorías.
*Joaquín Noya – Profesor de Historia
**Érica Pereyra – Lic. En Sociología
