Un desconocido y breve enfrentamiento entre tropas Comandos

10 de junio de 1982, ya casi sobre el final de la guerra, al norte de Puerto Howard en la isla Gran Malvina se produjo un enfrentamiento entre una patrulla de la Compañía de Comandos 601 del Ejército y una patrulla del S.A.S. (Special Air Service), al mando del capitán Gavin John Hamilton.

Fue una particular acción entre tropas especiales, compuestas por oficiales y suboficiales, altamente capacitadas para actuar, principalmente, tras las líneas enemigas. En nuestro país existen desde 1963. En el Conflicto del Atlántico Sur, el Ejército participó con las Compañías de Comandos 601 y 602.

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Cerca del mediodía del citado día, el teniente primero José Martiniano Duarte, los sargentos Eusebio Moreno y Francisco Altamirano, y el cabo Roberto Díaz, tenían la presunción de que durante el patrullaje algo ocurriría. Duarte, que iba a la cabeza, nos cuenta:

“De regreso a Puerto Howard veníamos muy sigilosos y cuando empiezo a dejar una pared de piedra a la izquierda, que era como una laja gigante, escucho una comunicación de radio en inglés del otro lado de las piedras. Me paro y le hago señas a Moreno tocándome el oído. Retrocedimos y nos sacamos las mochilas. Moreno toma una granada, le saca el seguro y yo le tomo la mano para detenerlo. En una fracción de segundo pensé todas las posibilidades y una de ellas era que podían ser isleños. Pero resultó ser la patrulla del capitán Hamilton (jefe del Escuadrón 19 del S.A.S).

De pronto, veo a un soldado arrastrándose hacia nosotros, era morocho con bigotes y tenía un pasamontaña verde oliva que me resultaba familiar (después me enteré de que la prenda era de la Infantería de Marina Argentina y que ellos lo habían tomado en las Georgias). Me asomo -estábamos a unos ocho metros- y les grité (en inglés): ¡argentino o inglés (…) Salgan con las manos en alto!).

El hombre pega un salto al costado y nos dispara una ráfaga con su fusil automático AR15. Entonces Moreno tira la granada y empieza el combate. Fuego de un lado y del otro, nos tiran una granada que cae muy por detrás nuestro. Yo trataba de apreciar cuántos nos disparaban. Nuestra ventaja era que los habíamos sorprendido antes.    

Durante el enfrentamiento cae herido de muerte uno de ellos; en un momento veo que salen hacia mi flanco izquierdo, eran dos, nos tiraban y se movían hasta que uno de ellos se desploma (era el capitán Hamilton), y cuando el otro corre para ocupar una nueva posición y lo ve al jefe desplomarse, tira el fusil, levanta los brazos y se pone a gritar como loco, en una clara señal de que se había rendido. Mi patrulla, inmediatamente y sin esperar ninguna orden desplaza el fuego, y le grito: “¡Come here!». Asustado, se acercó con paso inseguro y suplicando. Lo pongo de rodillas, lo interrogo, y como no quería darme la espalda yo le muestro el seguro de mi fusil para tranquilizarlo y le dije: ¡Prisioner of war, Geneve Convention! (¡Prisionero de guerra, Convención de Ginebra!). Se trataba del cabo Roy Fonseca. Le grité a Moreno que fuera hasta el caído y me confirma con señas que estaba muerto.

Una vez que comprobé que ya no había resistencia enemiga, ordené que se tomara todo lo que se pudiera de los elementos del enemigo e iniciamos el regreso con el prisionero. También decidí que íbamos a dejar el cadáver y que lo rescataríamos al día siguiente. Caminamos ocho kilómetros hasta Puerto Howard. Muy pronto empezaron a pasar rasantes los Harrier que estaban buscando a la patrulla del S.A.S., lo que nos obligó a ponernos cuerpo a tierra. En esa situación me quedé cara a cara con el prisionero Fonseca y le digo: «Wariswar! Hoy vos, mañana yo;¡Nooo –contestó– políticos!

Al día siguiente, una patrulla al mando del teniente primero Sergio Fernández, reforzada con hombres de mi Sección, trajo el cadáver de Hamilton. En su billetera tenía cuatro fotos: una de él, otra de una mujer joven, que atrás decía Vicky, y otras dos de un nene y una nena. Hamilton tenía mi misma edad, dos nenes chicos como tenía yo en esa época y recuerdo que pensé: pobre, le tocó. Lo velamos toda lo noche en un galpón y le pusimos una bandera británica sobre el cuerpo que le pedimos a los isleños. A la mañana, saliendo para el entierro en el cementerio de Howard formé con mi sección un cordón de honor, y le rendimos honores como a un soldado que combatió valientemente”.

Días después, el 14 de junio de 1982, no sin cierta resistencia, Duarte, junto a su patrulla, debió aceptar la rendición firmada en Puerto Argentino. En uno de los breves contactos que tuvo con un coronel inglés, le entregó la identificación de Hamilton y le informó que había muerto peleando heroicamente en combate. “Fue un honor para mí enfrentarlo”, le dijo al oficial británico, quien se emocionó y lo abrazó. A partir de ahí, y hasta el momento de dejar las islas, el grupo de Duarte recibió un trato formal pero respetuoso de parte de los ingleses. No olvida el reencuentro con un feliz Fonseca porque, según le contó, iba a cobrar once sueldos por haber sido prisionero de guerra de los argentinos durante unos pocos días.

La historia no terminó ahí para Duarte. Veinte años después, en el 2002, un periódico inglés lo invitó a Londres para reunirse con la viuda de Hamilton. Así nos cuenta: “Estuvimos más de una hora hablando. Me acuerdo que cuando el periodista inglés me presentó a Victoria Carter (la de la foto que decía Vicky) y le dijo: “Él es el que mató a su marido héroe”. La viuda se sonrió, me tiende la mano mira al periodista y le dice: «pero él no es un asesino, es un soldado que peleaba por su patria”. Ella me agradeció haber manifestado el heroísmo de su esposo, que permitió que la Reina se lo dijera personalmente cuando le entregó la condecoración de Hamilton. Me contó además que John seguía enterrado en Howard porque así había sido su deseo; que no tuvieron hijos y que las fotos de los chiquitos que yo había visto eran de ellos mismos de pequeños. Ahí me cerró la historia. Señora, le dije, podría haber sido que hoy su esposo estuviese conversando con mi viuda en Buenos Aires. Ella asintió con una sonrisa. Cada uno combatía por la Patria y en el último minuto del combate lo hicimos por la vida”.

Las Compañías de Comandos 601 y 602 del Ejército tuvieron un destacado desempeño en la Guerra de Malvinas, y así lo subrayó el conocido Informe Rattembach.

Por Martin Balza – Ex Jefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y ex Embajador en Colombia y Costa Rica.