Por Marcelo Magne*
“Se pertenece a Cristo perteneciendo a los demás”, solía repetir el presbítero Francisco Soares, ante los miembros de la comunidad, que se reunían a reflexionar sobre el Evangelio, en las humildes viviendas del barrio de Carupá.
En los años 60, dicho barrio sufría enormes carencias. las calles eran de tierra y una telaraña de zanjones surcaban el espacio. La falta de iluminación, la precariedad de las viviendas y las inocultables necesidades de sus habitantes, ponían de manifiesto la preocupante realidad social que atravesaban excluidos y marginados.
El Padre Soares, cuando se encontró frente a esta problemática, no la ignoró. Por el contrario, se sintió interpelado y enfrentó esa dura realidad junto a los pobres. Pancho, así lo llamaban a este cura, qué rompiendo con los cánones tradicionales, se vestía como un vecino más, trabajaba en una fábrica de baldosas y andaba con una vieja y desvencijada bicicleta por cada rincón del barrio.
Dotado de una generosa personalidad sacerdotal, de una valiosa formación intelectual y de una profunda espiritualidad, eligió cumplir su labor junto a vulnerables y necesitados. Su mensaje profético, sus acciones y su compromiso, no pasaron desapercibidos e inquietaron a aquellos que desde las tinieblas más profundas habían puesto su mirada en un sector de la iglesia, qué habiendo tomado partido por los más débiles, llevaba adelante experiencias organizativas y solidarias en los barrios humildes y en las villas de emergencia. Este sector de la iglesia acusado de “subversivo”, sufrió los embates del gobierno dictatorial de la autodenominada “Revolución Argentina” y de una parte importante de la iglesia institucional de raigambre conservadora, vinculada al sector militar.
En 1973, la llegada del gobierno democrático significó la finalización del hostigamiento que venía sufriendo la “Iglesia Popular”, sin embargo, el alivio duró poco. Al año siguiente la persecución se reinició con mucha más violencia y, con la aparición en la escena de la tristemente célebre Triple A y de otras bandas fascistas paraoficiales que comenzaron a actuar con total impunidad.
En un documento fechado el 29 de enero de 1974, la Triple A, dio a conocer una lista de personas que: “Serán inmediatamente ejecutadas donde se las encuentre”
En la nómina figuraba, entre otros, Monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja.
En abril de 1974, en la provincia de Chaco, fueron detenidos los sacerdotes Juan Testa (Quitilipi) y Joaquin Muñoz (Machagay), ambos se desempeñaban entre indígenas y campesinos y, formaban parte del movimiento de las Ligas Agrarias
Acusados de pertenecer a grupos subversivos, padecieron torturas y privación de la libertad durante 4 y 5 años respectivamente.
El 11 de mayo, del mismo año, el Padre Carlos Mugica fue cobardemente asesinado por la Triple A, en plena calle, tras una misa oficiada en la Iglesia de San Francisco Solano, ubicada en el barrio porteño de Villa Luro.
El 15 de marzo de 1975, Nelio Rougier, sacerdote perteneciente a la Fraternidad Hermanitos del Evangelio, fue secuestrado en Tucumán, en el marco del “Operativo Independencia” y nunca más volvió a aparecer. Días después Carlos Dorñak, cura salesiano, vicerrector del Instituto Superior Juan XXIII de Bahía Blanca, fue asesinado en dicha ciudad, por integrantes de la organización paraestatal Triple A.
En el mes de mayo, al cumplirse el primer aniversario del ominoso acto, que puso fin a la vida del Padre Carlos Mugica, Pancho Soares reflexionó con el Evangelio de Juan 12,24 — “Si el grano de trigo, no muere, no puede dar fruto” – sus palabras fueron memoria de lo ocurrido, pero también anuncio de lo que sucedería aquel infausto 13 de febrero de 1976.
El 17 de noviembre de 1975, fue detenido en la provincia de Formosa, el sacerdote francés Santiago Renevot, muy comprometido con las demandas campesinas. Trasladado al Regimiento 29 de Infantería de Monte, permaneció cautivo hasta fines de mayo de 1976, momento en el que fue expulsado del país con rumbo a Francia. En su tierra natal falleció poco después, como consecuencia de las torturas físicas y psicológicas sufridas durante su detención.
El 2 de febrero de 1976, José Tedeschi, un cura que había dejado la congregación salesiana y había pasado al clero diocesano, fue secuestrado en Bernal. Cura obrero, cumplía tareas comunitarias y organizativas en Villa Itati, partido de Quilmes. Su cadáver, con varios disparos y evidentes signos de tortura, sería encontrado días después en la ciudad de La Plata. Antes de la aparición del cuerpo de Tedeschi – ocurrida el15 de febrero –, fue secuestrado, posteriormente desaparecido, Julio San Cristobal, hermano de la congregación de las Escuelas Cristianas de La Salle.
En este contexto signado por la represión y la violencia, la Iglesia Popular fue víctima de un particular ensañamiento. Curas, religiosos y religiosas, seminaristas, militantes católicos e instituciones, sufrieron la violenta embestida de una maquinaria represiva que actuó con total impunidad antes y después de la implantación de la dictadura cívico, militar y eclesiástica, ejecutora de un genocidio devastador, cuyas terribles consecuencias perduran hasta el día de hoy.
Pancho Soares, a pesar de las amenazas recibidas, no abandonó el barrio y continuó con sus labores, privilegiando siempre su compromiso con el Evangelio. No se llamó a silencio y alzando su voz, siguió denunciando la barbarie represiva.
El 3 de febrero, fueron secuestrados en una vivienda ubicada en Rincón de Milberg, partido de Tigre, tres militantes sindicales. Rosa María Casariego, maestra de escuelas pobres y alfabetizadora, Luis Alberto Cabrera, delegado de Astillero Aquamarine y Oscar Echeverría, delegado de Astillero Mestrina. El 8 de febrero, sus cuerpos con una enorme cantidad de disparos, aparecieron en un baldío de la localidad de Moreno. Según el diario La Nación del 9-02-1976:
“habían sido torturados, tenían los ojos vendados y las manos atadas en la espalda”.
El velatorio se realizó en la sede sindical de los trabajadores navales, Pancho realizó el responso ante una acongojada y numerosa concurrencia y seguidamente encabezó el cotejo que caminando se trasladó hasta el cementerio de Tigre, llevando los ataúdes a pulso.
En la madrugada del 13 de febrero, una voz asesina llamó en la ventana de la precaria casilla, donde Pancho vivía junto a su hermano Arnoldo. Pancho al asomarse recibió una ráfaga a quemarropa que inmediatamente terminó con su vida. Arnoldo quedó gravemente herido, pero no logró sobreponerse, murió tiempo después en el Hospital Argerich de la Ciudad de Buenos Aires.
Los hechos de violencia contra la “Iglesia Popular” se intensificaron a partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, una veintena de sacerdotes, dos obispos, varios seminaristas, religiosos, religiosas, dos monjas extranjeras y un alto número de militantes católicos pasaron a engrosar los registros de asesinados y desaparecidos por el aparato represivo del régimen dictatorial.
Hoy, a 50 años del asesinato de Pancho, celebramos su vida, reivindicamos sus acciones y rescatamos su mensaje. El mensaje profético que siempre molesta, sobre todo, cuando denuncia realidades concretas y qué por ello, intentaron recurrentemente silenciar, utilizando la violencia en todas sus formas. No lo lograron, ese mensaje sigue presente y se fortalece día a día, con la participación de las nuevas generaciones. La memoria de Pancho y su mensaje perviven en el barrio y en la comunidad, dando continuidad a las viejas causas y sentido a otras nuevas. Cincuenta años después de su martirio, seguimos sembrando en su surco y en el de todos los mártires de la Iglesia Latinoamericana.
*Marcelo Magne, Profesor de Historia e Investigador – Miembro de la Comisión de DH Padre Pancho Soares.
