Evita, una vida dedicada a dar voz a los mudos

Columnas y Opiniones 07 de mayo de 2019 Por
Hoy hace 100 años que una Argentina tan doliente como la de estos días, parió a su mujer más grande, a aquella que se animó a soñar un destino diferente para los humildes de la Patria y supo construirlo junto al General Perón.
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Su origen, en un hogar teñido de pobreza y discriminación, fue la llama que alimentó su rebeldía contra las injusticias y la desigualdad, y su amor por los humildes.

Difícilmente cualquier persona de pensamiento y sentimiento peronista haya podido escapar del amor a Eva Perón. Esa mujer, madre, amiga y compañera en nuestras horas más gloriosas y en nuestras noches más oscuras.

Como millones de argentinos nací en un hogar peronista y, como no podía ser de otra manera, mis viejos adoraban a Evita. Durante mi niñez tuve en mis manos un antiguo ejemplar de su libro insignia “La razón de mi vida”. Sus páginas derrochaban amor incondicional hacia Perón y hacia su pueblo. Estaba claro que esa era la razón de su vida, el motivo por el que Dios la había puesto en la tierra, para que caminara hasta encontrar a Perón y fundirse en él y con él en un proyecto político que nos cambiaría la vida a millones de argentinos.

En mi adolescencia las historias del peronismo me sonaban conformistas para mis ideales revolucionarios… nosotros sí que íbamos a cambiar el mundo y lo haríamos en serio, ¡yendo a fondo, restaurando derechos y devolviendo dignidad! Tres años me duró ese estado imaginario hasta que redescubrí a Evita y a Perón, el yin y el yang de la causa nacional argentina. Pero ese era ya mi camino y no el de mis viejos.

En mis ratos libres entre el estudio y el laburo, agarraba mi guitarra y componía canciones, muchas terminaron en el cesto de mi memoria, pero hay una de la que siento orgullo porque lograba reflejar parte de mi historia: “Es el grito de mi pueblo” la llamé y en ella la parte que más me emociona, todavía, es un verso que dice: “fueron mudos que gritaron y supieron que eran voz”.

A cien años de su nacimiento creo que eso es lo que mejor simboliza el sentido de la vida de Eva Perón, una llama energética destinada a dar voz a los mudos, a los inexistentes, a los invisibles, a los desterrados, a los excluidos. Y fue esa voz la que Perón se llevó en sus oídos antes de morir… “llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”.

Muchas veces nos cuesta, a los que logramos ascender socialmente y, más aún a los que siempre fueron de clase media o clase alta, reconocer la indignidad a la que destinamos a los mudos e invisibles de la pobreza, ese mundo opaco que muchas veces invade nuestro mundo de colores. Evita nos dio los anteojos necesarios para ver ese mundo con los mismos colores, con esperanza y con la fuerza necesaria para cambiarlo.

Los peronistas nos refugiamos en su pensamiento para recuperar los ideales y los valores que dieron origen al Peronismo, nos abrazamos a su pasión para poner en marcha nuestras aspiraciones más nobles; nos aferramos a su fortaleza para sortear los peores obstáculos y seguimos su ejemplo para llevar a cabo los proyectos de desarrollo más grandes… aunque  muchas veces no logramos hacerlo… y otras tantas, en nombre del Peronismo, se llevan a cabo las peores perversiones de la política.

Sin embargo, ella está ahí, incólume con su ejemplo, intacta con su llama iluminando el camino.

Su mensaje hoy suena con el estruendo de un trueno de la verdad:

Donde hay un dolor nace un derecho, nos decía, porque no hay grandeza de la Patria a base del dolor del pueblo, sino a base de la felicidad del pueblo trabajador. Nosotros somos el pueblo y yo sé que estando el pueblo alerta somos invencibles porque somos la patria misma, alzaba su voz para reafirmar nuestra naciente identidad peronista.

Su vida se consumió en el fuego de su pasión por la construcción de una sociedad más justa, y se fue prometiendo volver, de a millones, en nosotros mismos, en nuestros niños, en nuestros jóvenes y en las futuras generaciones y ese legado nos señala el camino, nos precede y nos acompaña.

 Aprendamos a dar voz a los mudos que la injusticia y la desigualdad siguen multiplicando. ¡Honremos su memoria, sigamos su camino!

Lic. Jorge Arias

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