Camogli: uno de los pueblos pesqueros más antiguos de Italia

Columnas y Opiniones 31 de mayo de 2019 Por
El pueblo está construido sobre una pendiente de pinos. Parece un racimo de uvas desgranándose y cayendo desde lo alto hasta el agua. El nombre “Camogli” deriva de “La Casa Delle Mogli” (la casa de las mujeres o esposas), debido a que los pescadores pasaban mucho tiempo en el mar.
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Este lugar me encantó y cumplió con mis expectativas. Se los recomiendo.

Camogli está en Liguria. Queda a treinta y cinco minutos de Génova (por una ruta de 24km.). Es un pueblo de origen medieval, siglo XII – XIII, y uno de los puertos pesqueros más antiguos de Italia. Su nombre deriva de “La Casa Delle Mogli” (la casa de las mujeres o esposas) porque los pescadores pasaban mucho tiempo en el mar.
Son profundamente creyentes y a la vez supersticiosos, sobre todo los que viven del mar. Se sienten protegidos por todos los dioses, héroes, ángeles y santos.  Todo les sirve.

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Cuando llegué, me hospedé en el hotel “El Cennobio Dei Dogi”, definido como uno de los hoteles más hermosos y refinado de la costa Ligure. Está ubicado en el Golfo Paradiso y su historia comenzó en 1565, cuando la familia de los Dogi decidió construir una villa sobre los acantilados. Con el correr de los años pasó por diversas manos hasta que la familia De Ferrari inauguró en 1956 el Cennobio Dei Dogi.

A la hora de almorzar, la terraza del hotel y su vista maravillosa se presentaron como más que una invitación, de modo que me senté y pedí una ensalada de alcauciles frescos con parmigiano y una copa de prosecco liviano y rico.

El pueblo tiene desniveles de 100 escalones: primero los subí y luego, llegando al puerto, los tuve que bajar. ¡Como no van a comer!
La ciudad está construida sobre una pendiente de pinos y parece un racimo de uvas que se desgranan cayendo desde lo alto hasta el mar a través de los estrechos vericuetos, que vale la pena internarse en ellos. Son llamativos los altos edificios multicolores que miran al mar (hasta diez pisos sin ascensor).
Entré a Hook, un bar del muelle al que van los pescadores. Es ideal para dejarse estar.

Más tarde y despacio volví al hotel por el paseo que bordea el mar. La Vía Garibaldi que está llena de restaurantes, heladerías, pizzerías y negocios en general. La vista es magnífica y creo que podría quedarme a vivir aquí.

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Hay varios puntos importantes en el pueblo.

En la plaza, frente al embarcadero, hay una rosa de los vientos hecha con piedras en el piso que se ha convertido en el símbolo de la ciudad. La basílica de Santa María Assunta es maravillosa. Está construida sobre los escollos, con doble fila de arañas de cristal, columnas doradas y absolutamente toda pintada.
Desde la explanada de la basílica se llega al fuerte o Castello de la Dragonara (que tanto me había inspirado a venir). Se lo llama así no en honor al que lo construyó sino por el pirata que lo asoló y no pudo conquistarlo, llamado Dragone.

Para la cena me habían recomendado un restaurante, Da Paolo, Via San Fortunato 14. Comí unos spaghetti con camarones, calamares a la grilla, vino  blanco Franciacorta, café.

La noche estaba espléndida y caminar a la orilla del mar con ese cielo era magnífico. Lord Byron y otros poetas se inspiraron en estos paisajes a los que amaron.

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El pasado está fuertemente presente en estos pueblos. Lo reflejan las costumbres y sus comidas.
Volviendo de una excursión a San Fructuoso, vi en el puerto un grupo de personas cerca de una lancha con un cartel que decía “Il Pesce Pazzo”. Vendían cucuruchos de mariscos y pescados fritos hechos allí mismo.  Compré uno y me senté en unos escalones detrás de la iglesia frente a la playa a saborearlos. ¡Más frescos imposible!

Disfrutando de la passegiata lungo mare, en la Vía Garibaldi compré (siempre hay que hacer cola) en la Focacceria Revello, en la Vía Garibaldi 185, un pedazo de la famosa focaccia di Recco, que es una masa finita rellena con un queso que se llama strachino, y unas masas locales llamadas camogliesi, que consisten en un bigne relleno con una crema de avellanas al rum, recubierto por chocolate fundido. ¡Rico, rico! ¡Hay que probar todo!

Era la hora del ocaso y el cielo estaba cambiando de color. Fui hasta la punta del muelle y me vino a la mente un cuadro de De Chirico; el espigón estaba desierto, solo una silla en el extremo, me senté y me quedé esperando que el sol se escondiera. Fue estupendo.


Gran parte de éste texto se encuentra publicado originalmente en www.recorreitalia.com

SILVANA SALVUCCI

Silvana Salvucci, autora de www.recorreitalia.com 

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