No era Beneficencia, era Acción Social

El 68 aniversario de la muerte de Evita trae a mi presente recuerdos imborrables enmarcados en Floresta Sur, un barrio de clase media-media donde nací y transcurrió toda mi infancia y parte de mi adolescencia y que tenía características socioeconómicas que lo asemejaban más al barrio obrero de Mataderos que al barrio pequeño burgués de Flores, dos barriadas colindantes.

El barrio de mi infancia y también mi familia estaban atravesados por un clima de época que se expresaba en los “amores” y los “odios” a Perón y, sobre todo, a Evita.

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Mi padre era un socialista autodidacta, agnóstico, librepensador, ávido lector de historia y filosofía, amante de la música clásica y del tango y empecinadamente “gorila”, que nombraba despectivamente a Evita como «la perona» y a Perón como «el tirano», denominaciones habituales entre los “contreras” de aquel entonces.

En mi familia no faltaba ocasión ni circunstancia para denigrarlos. Hubo indignación ante la tristeza demostrada por el pueblo peronista durante el sepelio de Evita y festejo por el derrocamiento del «dictador» por obra del golpe sangriento de la autodenominada “Revolución Libertadora” de 1955. Mi casa, poblada de libros, se «nutrió» con toda la literatura antiperonista de la época. Tengo grabada en mi memoria el título de un libro, “La mujer del látigo”, pero no recuerdo el nombre del autor que de esta manera brutal definía a Evita.

Estos recuerdos y un texto del escritor Pablo Ramos titulado “Para no estar tan solo”, publicado en Página 12 en enero de 2018, hicieron que hoy, a los 68 años de la muerte de Evita, evocara un acontecimiento, que se repetía sistemáticamente, creo que una vez por mes, en la cuadra de mi casa de la infancia.

En una de las esquinas vivía una familia, mirada con cierta animosidad por algunos vecinos porque era peronista. El padre, “militar retirado de Perón” _ así se lo calificaba despreciativamente _ tenía una hija pequeña que padecía leucemia.

Periódicamente, a la puerta de la casa de esa familia, llegaba un camión con el cartel de la “Fundación Eva Perón”, que era observado con extrañeza y disgusto, por parte de algunos vecinos, del cual bajaban “algo”. Por la hermana mayor de la nena enferma, que era amiga de una prima mía, supimos que lo que bajaban, traído directamente del aeropuerto de Ezeiza, era el medicamento importado que tenía recetada la nena que en el mercado local no existía.

Sólo con los años y mi resignificación del peronismo, por cierto antagónica del mandato familiar, pude integrar la entrega de ese medicamento en el contexto de toda la acción social que llevó adelante la Fundación.

No era beneficencia, ni caridad, ni dádiva a un partidario peronista, era el cumplimiento del “derecho” a la salud frente la “necesidad”. Era, la obra de Eva Perón, como termina diciendo Ramos en su artículo, “la primera mujer que nos mostró la diferencia entre decir Yo y sentir Nosotros”.

Por Marta Gofin – Ex Directora General de Fortalecimiento Familiar en Tigre