Las palabras y los hechos

Nos cuentan las ciencias de la antropología, de la arqueología y otras, que el hombre comenzó a producir artesanías cuando liberó las manos. Porque las manos tienen que ver con el hacer y las palabras con el pensar, decir, proyectar. Las palabras pertenecen al espacio de la promesa, las manos, al de la realización.

En otra ocasión, en esta misma columna hice mención al lento desarrollo de la fonética en relación con las cosas. Fueron fijándose sonido a las cosas con las que se identificaron y así tuvieron un nombre. Pareciera que nos remitiéramos a un tiempo mítico, en que las cosas estaban ahí, junto a los hombres, esperando ver qué nombre les pondría, como dice el libro del Génesis. Más poético lo dirá Borges en “Leyenda” (Elogio de la Sombra, 1969): “En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre”. Fue sofisticándose el vocabulario humano y comenzaron los adjetivos y las sutilezas del lenguaje de hoy. Y con las sutilezas, la oratoria y sus recursos propios, a niveles tan elaborados que se puede hablar mucho tiempo sin decir nada.

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Cuando se habla mucho y no se dice nada, se impone el reemplazo de los argumentos por la gestualidad, lo alambicado, las inflexiones de la voz y otros. Leí alguna vez que a Hitler le marcaban el discurso para sobreactuar en los puntos débiles del mismo.

Si la palabra se mueve en el ámbito de la promesa, es el tiempo de la proyección, del deseo. Decimos de alguien que tiene palabra, como sinécdoque de una personalidad confiable; cuando se compromete con lo que dice y respeta esos compromisos.

En la Atenas del siglo de Pericles (V a.C.) la democracia fue fortaleciéndose a partir del uso de la palabra en público. Todos podían hablar y tenían la posibilidad de ser escuchados. Según lo que dijeran sería la aceptación o no de la propuesta. Y los aristócratas escuchaban y respetaban a los que fueran socialmente inferiores; o aún a sus siervos, en otro contexto. Esto tal vez se debiera a que todos hacían todo: todos eran soldados, legisladores, productores de riqueza en cada especialidad, etc. Todos tenían valor porque todos construían las condiciones de vida. Solo en un marco de este tipo podía surgir un Platón, el más importante de los filósofos de la antigüedad griega. Hizo del diálogo, el género de gran parte de sus obras; escribió más de treinta diálogos en los que exploraba los principios de su pensamiento filosófico.  Sócrates, algunos años antes, maestro de Platón, salía a caminar por las calles de la ciudad y hacía preguntas acerca de la felicidad, del alma, de la muerte y de todo lo que tuviera que ver con el hombre. Todos sabemos que sus preguntas agotaban y mal disponían al pueblo, que finalmente decidió el ostracismo, que permutó por la muerte. Pero el diálogo, palabra que etimológicamente implica a dos que intercambian pensamientos, está en la base de la democracia ateniense. Y está en la base de la comunicación entre adultos.

La democracia moderna tiene una dinámica muy diferente; comparte con la originaria solo el nombre y algunas características. Sin embargo, la palabra sigue siendo el material básico de la propuesta; sigue perteneciendo al plano de la promesa. El tiempo de campaña es tiempo de promesas. Es tiempo de mostrar sonrisas, de mostrar consensos entre los del mismo grupo o partido. Es momento de aparentar que todo se lo tiene bajo control, o que lo que no se muestra como exitoso, es a consecuencia de agentes extraños a la propia voluntad; llámese pandemia, Macri, incumplimiento de empresas que se comprometieron por encima de las posibilidades, el imperio, los medios hegemónicos o las corporaciones angurrientas de quedarse con todo. El correcto uso del diálogo es decir lo que se tenga para decir y escuchar, lo que se tenga para escuchar. Cuando falta una de las dos dimensiones ya no es diálogo, es imposición autocrática o sumisión esclavizante.

No creo que sea posible pasar del plano de la promesa al de los hechos, del de la palabra al de la creación fáctica, si no hay posibilidad de diálogo. Es abrumante asistir a las especulaciones de los partidos, de las encuestadoras, de los candidatos por la proyección de votos para tener mayoría absoluta en un parlamento donde no hay diálogo, sino especulación de votos para imposición de voluntades. Muchas caprichosas y arbitrarias.

Los tiempos extremos, de desafíos exigentes, además de requerir líderes a la altura, son tiempos fecundos para la aparición de autocracias que no reconocen límite. Tiempos en que el diálogo se convierte en un concepto vacío, en una práctica invertebrada. Tiempos en los que la voz del líder es la voz del dios iluminado que impone su voluntad, implacablemente si es necesario. Tiempos en los que la libertad está condicionada por organismos al servicio de la caprichosa voluntad de tirano. Y, no pocas veces, se va dando lentamente. Las amenazas camufladas en la legitimidad se convierten en conductas regulares del poder. Durante el mundial de futbol de 2018, la AFIP, dejó correr la idea de que serían investigados quienes hubieran ido a Rusia. Los niveles de extorsión van creciendo como la temperatura del agua en que se hierve a la rana, lentamente, sin darse cuenta. Se impide retornar al país a los argentinos que están en el exterior, se impide ahorrar en valores que no sean la moneda local que destruyeron los que gobiernan. Se ahoga con impuestos distorsivos que inhiben abrir un kiosco, con legislación vetusta, pensada para un país diferente. Se impide estudiar. Se impide asistir afectivamente a sus familiares moribundos. La autocracia es caprichosa, arbitraria, soberbia, imperativa, humillante.

La palabra también sirve para pedir perdón; nunca lo escuchamos. Ahora, Toyota no consigue 150 personas para cubrir puestos de trabajo porque no entienden lo que leen. Son los resultados de búsquedas egoístas por quienes detentan el poder; ya sean políticos, sindicalistas, organizaciones intermedias o cualquiera que reúna a cinco personas y se sienta que impera sobre otros.

Por Patricio Di Nucci  – Licenciado en Teología (UCA) – Licenciado en Letras (UBA)
Publicado originalmente en El Pucará