Por Jimena Bondaruk*
Cuando el ajuste llega, siempre golpea más fuerte a las mujeres. Porque somos las que tenemos que buscar dos o tres trabajos para subsistir mientras llevamos a los chicos al colegio, nos ocupamos de la comida y sacamos un turno en PAMI para nuestros adultos mayores. No es casualidad. Es estructural.
En Argentina, y podría decir que en buena parte del mundo, las mujeres participan menos del mercado laboral que los varones y, cuando lo hacen, lo hacen en peores condiciones: más informalidad, más subocupación y menos ingresos. La brecha salarial todavía ronda el 27 %. Y si miramos dónde trabajan mayoritariamente las mujeres, la desigualdad se vuelve aún más evidente: comercio, educación, salud, trabajo doméstico, economía popular. Sectores esenciales para sostener la vida cotidiana, pero históricamente mal pagos, poco protegidos y con menos derechos laborales.
A esa precariedad se suma otra desigualdad más silenciosa, el tiempo. Las mujeres realizamos más del 70 % del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Cocinar, limpiar, acompañar tareas escolares, cuidar a niños, enfermos o personas mayores. Ese trabajo sostiene la vida social y económica, pero no aparece en ningún recibo de sueldo. Y en contextos de ajuste brutal esa carga no desaparece: se intensifica.
El modelo económico del gobierno de Javier Milei basado en recorte del gasto público, desregulación y pérdida de derechos laborales, se presenta como una modernización necesaria. Pero la historia argentina muestra otra cosa: cuando se flexibiliza el mercado laboral en contextos de crisis, lo que crece primero no es el empleo de calidad, sino la precariedad. Y la precariedad, en Argentina, tiene rostro de mujer.
Las mujeres somos mayoría en los trabajos peor pagos, en los contratos más inestables, en los monotributos forzados y en el trabajo informal. Cuando se pierden empleos en el sector público o en actividades vinculadas al cuidado y a los servicios, somos las primeras afectadas. Y cuando las políticas sociales se reducen, también somos quienes absorbemos esa falta dentro de los hogares.
En Investigaciones recientes de la Fundación Encuentro, la socióloga Sol Prieto, muestran que la distribución del trabajo doméstico en Argentina sigue siendo profundamente desigual, más del 70 % recae sobre mujeres. Esa carga explica trayectorias laborales fragmentadas, menos años de aportes jubilatorios y mayor vulnerabilidad económica a lo largo de la vida.
En ese contexto, el debate sobre la reforma laboral cobra otro sentido. La flexibilización de las jornadas y la discusión sobre herramientas como el llamado “banco de horas”, que permitiría compensar horas trabajadas en distintos períodos, no impactan igual sobre todos los trabajadores. En un mercado laboral ya desigual, la flexibilidad puede traducirse en mayor disponibilidad obligatoria para quienes tienen menos margen de negociación. Y cuando la vida cotidiana incluye el cuidado de otros, esa disponibilidad se vuelve casi imposible.
Lo dijo con claridad mi compañera diputada nacional Jimena López durante el debate de la reforma laboral: “El banco de horas nosotras lo llevamos en nuestros cuerpos”. Porque las mujeres ya acumulamos horas que no se pagan, horas que no se registran, horas que sostienen la vida cotidiana sin ningún reconocimiento económico.
Mientras el cuidado siga siendo un asunto privado que recae casi exclusivamente sobre las mujeres, cualquier discusión sobre crecimiento económico o modernización laboral tendrá un punto ciego. La economía seguirá funcionando sobre una base invisible, el tiempo de las mujeres.
Cada ciclo de ajuste reproduce la misma secuencia. Primero se pierden empleos en sectores donde trabajan muchas mujeres. Después crece el empleo informal. Luego aumenta la carga de cuidados en los hogares. Finalmente, se amplía la desigualdad. No es una excepción: es un patrón. Es el círculo que reproduce la pobreza.
La situación laboral en Argentina es angustiante, pero para las mujeres lo es todavía más. Somos quienes tenemos menos oportunidades reales porque nuestras trayectorias laborales se interrumpen cuando dedicamos tiempo al cuidado. Ganamos menos que los varones y la precarización nos golpea de lleno. Somos el primer hilo que se corta en tiempos de ajuste y recesión, pero también el último que se recompone cuando la economía vuelve a crecer.
Hoy veo muchas mujeres buscando trabajo, el segundo o el tercero. Veo mujeres comparando precios para estirar el salario. Veo violencias que siguen atravesando nuestros cuerpos y nuestras vidas. A la precarización se suma otra violencia extrema, los femicidios. Según el Observatorio de La Casa del Encuentro registró 43 víctimas de violencia de género en los primeros dos meses del año 36 femicidios, 1 transfemicidio y 6 femicidios vinculados de varones, un dato que confirma que, cuando el Estado se retira y la violencia machista no encuentra prevención ni protección suficiente, el costo también se mide en vidas.
Pero también tengo una certeza: si hay algo que la historia argentina mostró una y otra vez es que cuando las mujeres nos organizamos, las cosas cambian. Hace tiempo escuchamos que “hay un día después”. Nuestra tarea es construirlo. Juntas.
*Jimena Bondaruk – Concejala Frente Renovador en Tres de Febrero










