Por Vanina Pignata*
Cada 8 de marzo aparece una idea que suena razonable, incluso tranquilizadora: “Hoy las mujeres ya tienen los mismos derechos”. Y en parte es verdad. Las leyes cambiaron, las universidades se llenaron de mujeres, el mundo del trabajo dejó de ser, al menos en lo formal, un territorio vedado.
Pero la experiencia cotidiana cuenta otra historia.
Porque entre lo que está escrito y lo que efectivamente se puede sostener hay una distancia que muchas mujeres conocen en el cuerpo. Una distancia hecha de tiempos imposibles, de dobles jornadas que no figuran en ningún contrato, de oportunidades que llegan cuando la vida personal está más demandante, de culpas silenciosas por no llegar a todo.
La desigualdad de esta etapa ya no siempre se expresa en prohibiciones explícitas. Se volvió más silenciosa, más estructural, más difícil de señalar. No aparece tanto en las puertas cerradas, sino en las condiciones desiguales para atravesarlas.
Uno de los lugares donde esa desigualdad se vuelve más evidente es en la distribución del tiempo. En Argentina, las mujeres dedican en promedio entre 6 y 6,5 horas diarias al trabajo doméstico y de cuidados, mientras que los hombres destinan entre 3 y 3,5 horas.
Cuando en el hogar hay niños u otras personas que requieren atención, esa brecha se amplía aún más: las mujeres pueden llegar a dedicar hasta 9 horas diarias al cuidado, frente a aproximadamente 4,5 horas en el caso de los varones.
No se trata solo de números. Se trata de tiempo vital.
Ese tiempo es el que falta para estudiar, para formarse, para emprender, para asumir nuevos desafíos profesionales o simplemente para sostener una carrera con continuidad. Es el tiempo que se fragmenta entre tareas invisibles que permiten que todo lo demás funcione: la casa, la familia, la organización cotidiana de la vida.
Por eso, muchas trayectorias femeninas no se interrumpen por falta de talento o de ambición, sino por falta de tiempo disponible. El cuidado —tan necesario para la vida social— sigue siendo, en gran medida, un trabajo que recae sobre las mujeres y que condiciona sus oportunidades.
En el universo emprendedor esta tensión se vuelve especialmente visible. Muchas mujeres encuentran en el emprendimiento una vía de autonomía, pero también una forma de adaptar el trabajo a una vida atravesada por múltiples responsabilidades. Lo que a veces se presenta como una elección libre también es, en muchos casos, una estrategia para poder compatibilizar desarrollo profesional y cuidados.
Entonces la pregunta incómoda —pero necesaria— no es solo cuántas mujeres trabajan, emprenden o lideran. La pregunta más profunda es en qué condiciones lo hacen y con qué disponibilidad real de tiempo para crecer.
Reconocer esta brecha entre igualdad formal y desigualdad real no implica negar los avances. Al contrario, implica tomarlos en serio. Porque cuando creemos que el problema ya está resuelto, la desigualdad se vuelve más invisible y, por lo tanto, más difícil de transformar.
El desafío de esta etapa es más complejo que el de décadas anteriores. No alcanza con abrir las puertas. Ahora importa qué pasa después: quién puede sostener el recorrido, quién avanza más lento porque carga más responsabilidades invisibles y quién debe postergar proyectos personales o profesionales para que la vida cotidiana siga funcionando.
Tal vez este 8 de marzo la conversación que necesitamos sea más honesta. Menos centrada en la idea de que las mujeres pueden con todo, y más enfocada en cómo construimos sociedades donde no tengan que hacerlo solas.
Porque la igualdad real, la que transforma de verdad, no se proclama solamente en las leyes. También se construye en cómo se distribuye el tiempo, el cuidado y las oportunidades de desarrollarse plenamente.
*Vanina Pignata – Presidenta Ayudarnos Asociación Civil
