Por Pablo Descalzo*
El 1° de mayo no es una fecha más en el calendario. Es memoria. Es historia. Es identidad. Es el reconocimiento a quienes lucharon para que trabajar no fuera sinónimo de explotación, sino de dignidad. Desde aquellos mártires de Chicago que dieron origen al Día Internacional de los Trabajadores, hasta cada trabajador y trabajadora de nuestra Argentina, lo que está en juego sigue siendo lo mismo: el valor del trabajo en la vida de una sociedad.
Hoy, en nuestro país, esa discusión vuelve a ser urgente. Porque cuando vemos fábricas que cierran o limitan su producción, comercios que bajan sus persianas para siempre, o PyMEs que no pueden sostenerse, no estamos hablando sólo de indicadores económicos: estamos hablando de personas que se quedan sin su sustento, de familias que pierden estabilidad, de sueños que se postergan.
Nos quieren hacer creer que, si la macroeconomía se ordena, todo lo demás se acomoda solo. La “teoría del derrame”, decían algunos. Pero la realidad es otra. No hay modelo exitoso posible con trabajadores pobres. No hay crecimiento real si quienes sostienen ese crecimiento tienen que tener dos o tres trabajos para llegar a fin de mes. No hay desarrollo si el esfuerzo no se traduce en calidad de vida.
El trabajo no puede ser una variable de ajuste. Cuando el salario pierde contra la inflación, cuando el empleo formal se reduce o cuando crece la precarización, lo que está fallando no es el trabajador, es el modelo -un modelo que mide el éxito como si fuera una tabla de Excell, pero que no registra el impacto en la vida cotidiana de millones de argentinos y argentinas que sufren-.
Nosotros creemos en otra cosa. Creemos en un país donde producir tenga sentido, donde el Estado acompañe, donde la industria nacional sea motor del crecimiento. Creemos en un modelo que entienda que el trabajo no es un costo, sino el corazón de la economía. Porque cuando hablamos de crecimiento, tenemos que hablar de quiénes crecen. Cuando hablamos de números, tenemos que hablar de vidas. Cuando hablamos de desarrollo, tenemos que incluir a quienes todos los días levantan la persiana, manejan una máquina, atienden un mostrador, enseñan, cuidan, construyen.
Los trabajadores no son números. Son personas. Y en este 1° de mayo, más que nunca, es momento de decirlo con claridad: no hay futuro posible sin trabajo digno. No hay país viable si el esfuerzo no alcanza. No hay economía sana si deja afuera a su gente. Defender el trabajo es defender la Argentina. Y esto no es sólo una consigna, es una decisión política.
*Pablo Descalzo – Intendente de Ituzaingó










