Por Martín Szmukler
Durante años, Javier Milei construyó su identidad política alrededor de una idea tan potente como simple: el problema de la Argentina era la casta. Los políticos profesionales, los acuerdos de siempre, el toma y daca, los operadores. Había que terminar con todo eso.
El domingo dejó una frase que, quizás sin proponérselo, marca un punto de inflexión.
Al explicar la designación de Diego Santilli como jefe de Gabinete, sostuvo que lo eligió porque tiene “músculo político” y porque “conoce bien el oficio político”.
La frase vale mucho más que el nombramiento.
Porque la discusión no pasa por Santilli. Se podrá coincidir o no con su incorporación. Lo verdaderamente interesante es que el propio Presidente terminó reivindicando aquello que durante años cuestionó: el valor de la experiencia política.
Hace algunos meses escribía en este mismo espacio que, al final, siempre era la política. Que la economía podía ordenar variables, pero que gobernar exigía algo más: construir acuerdos, administrar conflictos y generar mayorías.
No imaginaba que esa idea terminaría siendo resumida por el propio Milei en apenas cuatro palabras: “músculo político”.
Porque gobernar no consiste solamente en tener razón. Consiste en conseguir que las cosas sucedan. Y para eso hacen falta votos, gobernadores, legisladores, negociación y dirigentes capaces de moverse en ese terreno.
En definitiva, hace falta política.
Quizás esa sea la mayor enseñanza que deja esta etapa del Gobierno. No que Milei haya cambiado de ideas, sino que el ejercicio del poder le mostró los límites del discurso de campaña.
Porque el verdadero cambio no es la llegada de Santilli.
El verdadero cambio fue que el propio Milei terminó reconociendo que para gobernar hace falta aquello que durante años señaló como el problema: la política.










