CAPRI -Islas

Columnas y Opiniones 07 de noviembre de 2019 Por
Capri es una isla en el mar Tirreno, en el golfo de Nápoles. Está frente a la costa Sorrentina, que hicieran famosa personalidades importantes como artistas, políticos y escritores, ya antes de la última guerra.
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Fue habitada desde la edad de bronce, luego por los griegos y los antiguos romanos.

Es una gran roca a la que, a simple vista, pareciera imposible acceder.

A Capri y Anacapri hay que admirarlas desde el mar. Tiene rincones y lugares inolvidables, como la famosa Gruta Azul que, en su interior, tiene el mar de color azul eléctrico. O los Faraglioni, que son su distintivo.
Hay innumerables tours para dar la vuelta a la isla. Duran unas dos horas y se los recomiendo.

Capri fue la preferida del emperador Octavio Augusto, que la frecuentó durante cuarenta años. Él exclamaba: “Quiero Capri para mí”.  Y es muy entendible, sobre todo cuando se llega a ella desde la caótica Nápoles.

Su sucesor, Tiberio, transfirió a esta isla la capital del Imperio Romano, porque creía que sería asesinado. Gobernó desde allí hasta su muerte en el año 37 DC. Durante ese tiempo construyó varias villas, entre ellas: Villa Jovis, dedicada a Júpiter que es una de las villas antiguas mejor conservadas.

Capri ejerció una gran influencia en distintas personalidades, como Debussy y Oscar Wilde, que llegaron allí buscando inspiración. En tan pocos km se encontraron grandes intelectuales y personajes de distintas culturas. Políticos como Gorky y Lenin.  También futuristas como Marinetti, Moravia, Morante. Diseñadores como Emilio Pucci (que creó su estilo aquí). Escritores como Jean P. Sartre, Simón de Bovaire, Neruda, Byron. Gente del jet set como Jacquie Kennedy Onassis, Sophia Loren, entre otros.

Sus habitantes sostienen que la isla tiene la capacidad de transformar a las personas. Todos dicen haber encontrado su mundo aquí. Creo que también yo -y seguramente ustedes- podría encontrarlo.

Una vez llegados al puerto de Marina Grande, hay que darse una vuelta por el lugar, tomar algo o almorzar en algunos de los restaurantes con vista al mar.

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La playa más grande de la isla se encuentra en Marina Grande, donde el agua es de un maravilloso color azul.

Luego, con el funicular (que demora 10 minutos), se llega donde debería comenzar la visita a la isla, que es desde la Piazza Umberto I, más conocida como la Piazzetta, lugar del antiguo mercado, ahora centro de la vida social, donde van todos a que los vean y ser vistos. Por supuesto hay que hacer lo mismo y acomodarse en el bar para dejarse estar.

Aquí es donde se entiende muy bien lo del “Il dolce far niente “.
La iglesia de Santo Stefano se encuentra mezclada con los bares y negocios de firmas famosas. 

En este viaje tome un taxi muy divertido, convertible. Me explicaron que son una serie especial para Capri y están tapizados de distintos colores.

El hotel donde había reservado, Piccola Marina, estaba en Vía Mulo: una callecita peatonal super angosta. Mandaron un cadete con un carrito a buscarme y a llevar la valija. El hotel  muy lindo y el cuatro precioso, con balcón y vista al mar. No haría falta salir ya que la vista es soberbia.

Pero igual salí porque hay tanta belleza para ver que en realidad para hacer eso habría que quedarse a vivir acá, lo que es sumamente caro.
Fui hasta la Piazzetta, que estaba llenísima de gente. Desde allí  salen las distintas vías, una de ellas Vía Camerelle, llena de negocios de marcas famosas, donde el jet set hace sus compras.

Caminando por ella encontré un restaurante en el que me gustó todo: la vista, el local y la comida. Se llama Le Camerelle, en el número 81.

De entrada, pedí una ensalada con bufala, tomates, berenjenas, aceitunas, pan y radicchio. Después, spaghetti alle vongole (espectaculares de sabrosos y bien presentados). Tome café y me olvidaba que tome un rico y fresco vino rosado muy bueno.

Desde allí por Vía Tragara, un hermoso paseo entre el verde, hermosos hoteles y propiedades privadas se llega hasta el Belvedere di Tragara, la vista desde allá arriba es de cortar el aliento.

En 1920 Le Corbusier proyectó un edificio, Villa Vismara, que durante la guerra alojo al general Eisenhower y a Winston Churchill. En 1968 la sociedad Punta Tragara lo compro para convertirlo en un hotel de lujo.

Desde el Belvedere sale un sendero de varios kms por el borde del acantilado. Se tiene una vista espectacular de los farallones, luego se ve la casa donde vivió Neruda, que parece colgada de la roca. Más adelante, sobre un risco saliente, se ve la casa de Curzio Malaparte. Es una construcción racionalista sorprendentemente moderna por haberse construida en 1937, de color rojo.

Capri es muy diferente cuando al atardecer se va la mayoría de los turistas.
Llega la hora de un aperitivo en alguno de los bares o restaurantes, algo de música y si hay luna tienen la postal completa.

Allí cerca se encuentra el pequeño museo Centro Caprese.

Desde aquí arriba, siguiendo las indicaciones y bajando, se llega a la Cartuja de San Giacomo, el monasterio más antiguo de la isla (construido en 1371). También tiene un museo dedicado al pintor alemán Karl Diecenbach.

Después de un desayuno buenísimo, decidí bajar hasta la playa de Marína Piccola por la Vía Mulo desde el hotel. Era una caminata en bajada de un poco más de media hora.

Podría haber bajado por la famosa y particular vía Krupp (es un zigzag) construida por Friedrich Krupp, un magnate del acero que se enamoró e instalo en Capri, pero estaba cerrada. Una pena, porque es una hermosa passegiata, como dicen los italianos.

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La playa es un eufemismo, porque debe tener diez metros de arena y el resto son rocas. Sin embargo, el mar y todo el entorno son fantásticos. Hay rocas con formas particulares, como el escollo de las sirenas, que tiene forma de arco. Todo el espacio sobre el agua está cubierto de bares y restaurantes.

capri4 Marina Piccola tiene a la vista los Faraglioni, palabra que deriva del griego Pharos (que significa “faros”), porque allí se encendían fogatas para ser vistos. Estos tres enormes escollos tienen nombre, el primero aún unido a la tierra se llama Stella, el segundo separado por el mar se llama Faraglione di Mezzo y el tercero Faraglione di Fuori. Miden unos 100 metros de alto y el del medio tiene una cavidad; los barcos que pasan a través de él lo llaman el túnel el amor.

Homero, en su obra La Odisea, cuenta que en esta playa las sirenas sedujeron con sus cantos a Ulises, en su viaje a Ítaca.

Para volver en la placita De Curtis (Totó) tomé un mini bus. Porque yo tampoco quería más escaleras.
El día estaba hermoso y había gente en la pileta. Bajé y en el bar tomé un Campari.

Terminado el aperitivo y el “dolce far niente”, qué menos podía hacer que subir hasta Anacapri. Fui a la parada que queda cerca del hotel y por suerte pude viajar sentada.
De regreso viví la experiencia tener que agarrarme con uñas y manos, pero igual lo disfruté.

Anteúltimo día en Capri, amaneció espléndido, ideal para dar la vuelta a la isla en lancha. Bajé hasta Marina Grande y tomé una, que tardaba más o menos una hora para rodear la isla. El mar es maravillosamente azul, la costa verde salpicada por las casas de colores y los acantilados con sus formas caprichosas junto a las innumerables grutas, hacen del viaje una delicia.

Al llegar a Punta Massullo, un lugar como pocos por su belleza salvaje, pude ver mejor la casa de Curzio Suckert (cuyo seudónimo Malaparte fue el que usó para firmar sus libros). Toda la costa está llena de grutas (algunas muy profundas) y los famosos farallones, que son majestuosos. La lancha pasa por debajo del arco del Farallón del Medio. Y mirándolos colgada como de las nubes, está la blanca casa de Neruda.

Después pasamos frente a la playa de Marina Piccola y la vista desde el mar es otra cosa; tiene las casas en la ladera como queriendo zambullirse en el mar. Luego llegamos hasta Punta Carena donde está el faro, que después del de Génova, es el segundo en el mar Tirreno en importancia por su luminosidad. Nos dijeron que aquí se puede gozar de las mejores puestas de sol en el mar.

Pasando el faro se empieza a ver el blanco caserío de Anacapri, que parece se fuera a caer al mar.

Por fin llegamos a la gruta azul. El método para entrar a ellas es en pequeños botes de cuatro personas que se sientan en el piso. Cuando llegamos había más de cuatro lanchas en la cola para entrar, lo que significaba más de hora y media de espera. El Capitán de la lancha decidió volver al puerto y a los que queríamos visitar la gruta nos llevaron en una lancha más chica, así que por suerte ya no tuvimos que esperar.

Son solo dos minutos la vuelta que da el bote dentro de la gruta, es como un sueño. No había mucha luz, de manera que solo se podía ver algo el azul increíble del agua, pero fue algo especial.

Volvimos al puerto, tomé la funicular para subir e ir a almorzar. La elección no fue buena: el restaurante Isidoro, en Vía Roma 19. Pedí un pulpo y era tan duro que no se podía cortar y en el arroz con camarones, los camarones eran congelados. Costó igual que el Camerelle, pero no se puede comparar la calidad de la comida. No se los recomiendo.

Cuando volvía al hotel siempre me preguntaban donde había comido y cuando les dije, la respuesta fue, “es el peor lugar de Capri”. En fin, siempre hay que consultar, pero yo no estaba en el hotel para hacerlo cuando lo necesité.

El día que volvía a Ravello el aliscafo salía a las 16hs., así que aproveché la mañana para pasear un poco por el centro y por las callecitas que rodean la Piazzetta, y sentarme un buen rato en el bar del hotel Quisisana. Es toda una paquetería, mozos de chaqueta y guantes blancos, vajilla preciosa, rico el café y las dos minis sfogliatellas que lo acompañaban.

Lindo broche para despedirme de Capri.
Para bajar a Marina Grande tome un taxi, convertible, este estaba tapizado en color fucsia.
Así una se siente una estrella.

Capri-4Los habitantes tanto de Capri como de Anacapri son alegres y comunicativos, lo que hace que la estadía en la isla sea muy placentera. Agreguen a eso el pescado y los mariscos deliciosos como toda su comida. Ah, me olvidaba del famoso limoncello y las no menos famosas sandalias hechas a mano.

En esta oportunidad me quedé cuatro días… pero Capri es para quedarse a vivir.

Por Silvana Salvucci, autora de www.recorreitalia.com - [email protected]

Gran parte de éste texto se encuentra publicado originalmente en www.recorreitalia.com

 

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