Argentina entre el dolor, el desorden y la esperanza

Por Cesar “Tuta” Torres*

Hoy no es un día cualquiera.
Es 2 de abril: memoria, soberanía y honor para nuestros héroes de Malvinas.
Y además empieza una fecha que para millones tiene un sentido profundo: Pascuas.
Dos palabras atraviesan el día: sacrificio y resurrección.
Y la Argentina, otra vez, está parada exactamente ahí.

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Venimos de una semana que fue un resumen brutal del país que somos:
escándalos, desorden, cinismo, cruces de poder, bronca social, malestar en las fuerzas, pelea política y una sensación cada vez más extendida de que muchos gobiernan para la tribuna, pero pocos gobiernan para la realidad.

Mientras una parte del poder juega al relato, la Argentina real sigue acumulando señales de agotamiento.
No es “sensación térmica”.
Es un clima.
Y cuando el clima se vuelve espeso, lo primero que se rompe no es la economía:
se rompe la confianza.

Tuvimos siete días de demasiadas postales incómodas.
La novela eterna sobre funcionarios nacionales que generan más revuelo por cuestiones personales y mediáticas que por solucionar los problemas de la gente.
El ruido y desgaste de un oficialismo cada vez más ocupado en explicar lo inexplicable que en ordenar lo importante.
Cuando un gobierno dedica más energía a blindar funcionarios que a cuidar autoridad, algo ya empezó a crujir.

También vimos otro dato que no es menor:
el malestar en las fuerzas de seguridad y federales ya no se puede esconder abajo de una conferencia de prensa o un slogan de “orden”.
No se sostiene el discurso de autoridad si quienes tienen que sostener el Estado sienten que el Estado los soltó.

Los silbidos a gobernadores de algunas provincias ya no son echos aislados o un mal momento. Son una señal cada vez más frecuente de una sociedad agotada y cada vez más desconectada de la política .

Después están los episodios que indignan porque tocan algo más profundo:
la idea de que hay una Argentina del esfuerzo… y otra del privilegio.
Por eso generan ruido las discusiones sobre créditos, beneficios, acomodos o cercanías al poder.
Porque el país ya no tolera ver sacrificio abajo y ventajas arriba.

Y sin embargo, en medio de todo eso, hay algo que este país no pierde nunca del todo:
la reserva moral de su pueblo.
Argentina se cansa, se enoja, se frustra, se pelea…
pero todavía tiene memoria, orgullo y una fibra íntima que aparece cuando parece que ya no queda nada.

Por eso hoy Malvinas importa tanto.
Porque no es una efeméride decorativa.
Es una herida abierta, una causa nacional y una prueba de que hay cosas que están por encima de la grieta, del algoritmo y de la mezquindad del día a día.
A 44 años, seguimos honrando a los veteranos y a los caídos como parte viva de la identidad argentina.

Malvinas nos recuerda algo elemental:
hubo argentinos que dieron la vida por la Patria mientras hoy demasiados dirigentes no están dispuestos ni siquiera a decir la verdad por conveniencia política.
Ese contraste duele.
Y debería interpelarnos más.

Y también llegan Pascuas.
Y para creyentes o no, hay un mensaje que atraviesa esta fecha:
ninguna noche es eterna.
No se sale de una crisis solo con bronca.
Tampoco solo con marketing.
Se sale con verdad, coraje, sacrificio y reconstrucción.

La Argentina no necesita más “genios” de televisión, ni más funcionarios enamorados de su personaje, ni más dirigentes que confunden épica con acting.
Necesita algo bastante menos vistoso y mucho más importante:
seriedad, humanidad, autoridad y rumbo.

Hace falta una política que vuelva a mirar a la gente de frente.
Que entienda que gobernar no es humillar, ni gritar, ni actuar para una cámara.
Gobernar es hacerse cargo.
Y hoy hay demasiados que comunican poder, pero administran fragilidad.

También hace falta terminar con la falsa opción entre dos fanatismos:
los que justifican todo si lo hace “su” gobierno
y los que creen que destruirlo todo es modernizar.
Argentina no va a salir ni con sectas ni con tribus.
Va a salir cuando vuelva a valorar institución, comunidad y trabajo.

No alcanza con indignarse por una semana mala.
Hay que leer el fondo de esta película:
cuando un país naturaliza el cinismo, desprecia el mérito, banaliza la violencia y usa la patria como utilería, se empieza a vaciar por adentro.

Pero también es cierto lo otro:
este país ya salió muchas veces de lugares que parecían terminales.
Y siempre hubo algo que lo sostuvo.
A veces fue una familia.
A veces una escuela.
A veces una parroquia.
A veces un club.
A veces un soldado.
A veces una madre.
A veces un maestro.
A veces un vecino.

Por eso hoy, entre el recuerdo de Malvinas y el umbral de Pascuas, no quiero dejar solo una crítica.
Quiero dejar una convicción:
Argentina no está condenada.
Está cansada.
Está golpeada.
Está mal conducida muchas veces.
Pero no está vencida.

Honrar a Malvinas no es solo recordar el pasado.
Es decidir qué tipo de país queremos merecer.
Y vivir Pascuas no es solo una tradición.
Es animarse a creer que incluso después del dolor, algo puede volver a ponerse de pie.

Que este 2 de abril nos encuentre con memoria.
Que estas Pascuas nos encuentren con fe.
Y que la Argentina, de una vez, encuentre dirigentes a la altura del pueblo que todavía la sostiene.

Honor a nuestros héroes de Malvinas.
Paz para quienes sufren.
Y esperanza para la Argentina que viene.

*César Torres – Lic. en Ciencia Política – Funcionario Público