La felicidad es tan personal que me la apropio

Siempre recuerdo cuando era pequeño, mis recuerdos más lejanos y que recuerdo patente son partir de los 6 años.

Me enamore por primera vez, todo era distinto, me encantaba ir a la escuela y verlo, le gustaba jugar al fútbol, su mamá era mi maestra y mi papá le enseñaba a jugar al fútbol en la Sociedad del barrio, cruzamos miles de miradas, sonrisas. 

Esperaba cada miércoles a la tarde noche para verlo en la sociedad, esos días aun no se porque siempre estábamos solos en la cancha, yo iba al arco y el pateaba la pelota con toda sus fuerzas, a mi no me importaba porque él era quien pateaba, luego hablábamos un rato y una vez más a esperar el próximo miércoles.
Creo que fue mi primer amor platónico (de esos tuve muchos). No se que le pasaba a él conmigo pero me miraba, me sonreía y disfrutaba de los miércoles. Un año más tarde lo deje de ver, no sabia que pasaba, su mamá entro en licencia, un día tome coraje y le pregunte a mi papá que sabía.
Me explico que estaba muy enfermo, que lo operaron de urgencia y necesitaba un transplante. Unos meses después suspendieron las clases. Él, el dueño de la sonrisa más hermosa, de la melena brillosa, se fue para siempre, ya no lo vería más. Un dolor tomo todo mi cuerpo, mi corazón estaba muy triste, mi mirada había cambiado.
Mi primer dolor en silencio, como explicar que me había enamorado de otro niño, como explicar que necesitaba un abrazo, una caricia, ya a esa edad me deba cuenta que las personas le tenían miedo a lo diferente, a lo que no conocían.
Hoy muchos años después lo gritaría a los cuatro vientos, lo publicaría y no me importaría el temor del resto.
 
Por Norberto Miranda Arce

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