Por Cecilia Moreau*
Con una Reforma Laboral regresiva como telón de fondo, este 8 de marzo nos invita a pensar en lo que significa la efeméride en términos de conflicto abierto y en proceso.
Nos proponemos, entonces, abandonar la mirada fragmentada del tiempo. Esa división entre lo que fue y lo que es, que algunas formas conmemorativas imponen y que nos alejan, insensibilizándonos, de las experiencias de dolor e injusticia que están en los orígenes. Entender que es esa misma herida histórica pero bajo otras formas, con otros ropajes y denominaciones, la que hoy en día sigue abierta atravesando a las grandes mayorías de nuestro pueblo, es entender la dimensión estructural del conflicto y asumir nuestro rol en este escenario.
Más de cien años transcurrieron desde aquel marzo de principios del siglo XX en el que más de 120 obreras encerradas por sus patrones bajo llave y sin posibilidad de salida murieron calcinadas en una fábrica textil de Nueva York. Si el evento es parte del mito fundacional del “8M” o si esta fecha responde, en realidad, a la condensación de una serie de acontecimientos concatenados en el tiempo —entre ellos, la huelga y represión de trabajadoras del 8 de marzo de 1857— poco importa a la luz de una certeza: sabemos que su corazón empezó a latir en torno a las luchas de las mujeres trabajadoras. Luchas que se inscribieron en un movimiento obrero cada vez más amplio, organizado, hastiado y decidido que signaron aquellos años, pero que también los trascendieron.
Reducción de la jornada laboral, aumento de salarios, condiciones de trabajo dignas, igual remuneración por igual tarea, el eco de esas reivindicaciones resuena en el presente con una familiaridad que, dados los últimos acontecimientos en nuestro país, resulta amarga.
De esas y tantas otras batallas aprendimos y avanzamos. Logramos hacer visibles los contornos opresivos de un sistema que seguimos padeciendo. Mostramos cómo nacer mujer o pertenecer al colectivo de disidencias sexuales es una traba en el acceso al sistema educativo, al mercado formal de trabajo, al sistema previsional y a un ingreso digno. Y señalamos, además, un factor que atraviesa y condiciona a todos los anteriores: nacer mujer implica una menor soberanía sobre el propio tiempo; la imposibilidad real de decidir cómo, cuánto y para qué lo destinamos; de compatibilizar y entrelazar desarrollo individual y colectivo con la subsistencia.
Dicho de otro modo, se trata de la imposición sobre el cuerpo de las mujeres trabajadoras de un ritmo que responde a intereses que les son ajenos. Un ritmo que disciplina, regula y controla sus trayectorias de vida en pos de un beneficio del que ellas no gozan. El sistema se sostiene sobre sus hombros, en la doble carga del trabajo remunerado fuera del hogar, y no remunerado doméstico y de cuidados. Sin embargo, los frutos caen lejos y en pocas manos.
Cada vez más lejos y en cada vez menos manos
Es sobre este núcleo de conflicto abierto hace más de un siglo que la Reforma Laboral de Milei, acompañada en el Congreso por institucionalistas, republicanos y contorsionistas ideológicos, se apoya. No para intentar resolverlo terciando en favor de quienes lo sufren —como intentó ser, aunque insuficiente, la política de reconocimiento de aportes por tareas de cuidado o la moratoria previsional—sino para agudizarlo aún más en favor de quienes lo usufructúan.
La flexibilización y extensión de la jornada hasta 12 horas a discreción del patrón, con la consecuente reducción del salario por la eliminación de horas extras; así como las vacaciones fraccionadas, el debilitamiento de la acción colectiva, la facilitación de los despidos, el costo de las indemnizaciones trasladado a las cajas jubilatorias, entre otros múltiples ataques contenidos en la ley, golpea de lleno sobre el conjunto de los trabajadores, pero con mayor intensidad sobre las mujeres. Que no sólo van a ver aún más limitada la ya limitada disponibilidad de su tiempo, sino que van a quedar rehenes de condiciones generales de precariedad que van a ir en aumento. Así son los nuevos vientos de “libertad” que arrasan derechos y encadenan futuros.
Quienes idean estos esquemas regresivos y disciplinantes presentándolos como modernos y liberadores son los mismos que intentan hacer del 8M una rutina y no un ritual bañado de sentido histórico que se proyecta como potencia transformadora. Es nuestra tarea no permitirlo.
Si el corazón del 8M empezó a latir en torno a las luchas de las mujeres trabajadoras, hoy tiene que latir con la misma fuerza. No como un recuerdo, sino como advertencia. Porque mientras el conflicto siga abierto y agudizándose, mientras millones tengan que sacrificar su vida y su salud porque así lo decide un puñado de poderosos, también va a intensificarse la lucha feminista por una Argentina más igualitaria y justa.
*Cecilia Moreau – Diputada nacional










