Aún hoy, recuerdo que, en mi primer grado de la escuela primaria, en un recreo, un compañerito se burló de una campera que llevaba puesta, una campera que, para mí, era la más hermosa que tenía y me encantaba usarla. Creo que me la había regalado una amiga de mamá.
Me sentí un poco triste, no entendía cómo no le gustaba mi campera a ese niño que no conocía y que aquel día de frío estaba sólo con una camisa de manga larga y pantalones cortos, pero sin duda, me arruino la mañana.
Siempre me sentaba adelante, me gustaba escuchar la voz y enseñanza de mi maestro, “el gallego” como lo llamaban todos, un hombre dueño de una palabra verdadera, responsable, carismático (esto lo comprobé con el tiempo cuando fuimos compañeros de trabajo).
Al entrar ese día al salón, me senté, todavía pensando en mi campera, él me miró, me pidió que me acercara al escritorio, me sentó en su rodilla, y con su vos fuerte me preguntó:
-¿Me presta su campera tan hermosa que el sábado tengo una fiesta y me encantaría llevarla puesta ya que hay que ir con las camperas más hermosas?
Mi carita seguro había cambiado, él, mi maestro, el hombre más importante de mi vida necesitaba mi campera; al igual que a mí, le parecía hermosa, la quería llevar a una fiesta, no podía negarme a hermoso pedido.
Esa escuela, tan grande, que encerró tantos recuerdos de mi infancia, siempre tuvo los olores más ricos, los colores mágicos, las mejores maestras, Marta, Dalma, Hilda, Ana, Eva y otras tantas.
Con los años, volví a mi escuela, como docente, pero ya no era tan grande, la veía chiquita, hermosa y llena de miles de historias, pero eso sí, mi historia la guardaba muy fuerte y me la recordó apenas entré y con ella, la voz dulce y el cariño, de José María, el Gallego, mi maestro, amigo, guía, que hoy desde algún lugar me sigue acompañando.
Por Norberto Arce – Docente
