Por Victorio Pirillo*
Cada Día del Trabajador invita no solo a conmemorar una fecha, sino a reflexionar sobre el rol que el movimiento obrero ha tenido —y tiene— en la construcción de la Argentina. El sindicalismo argentino no es un actor menor ni circunstancial, es una de las columnas vertebrales de la vida política y social del país. Su historia está marcada por conquistas, conflictos, tensiones internas y una capacidad de incidencia que pocos sectores pueden igualar.
Para entender su presente, es necesario mirar hacia atrás. Los orígenes del sindicalismo en Argentina se remontan a fines del siglo XIX y principios del XX, con fuerte influencia de corrientes anarquistas y socialistas traídas por inmigrantes europeos. En aquellos años, las condiciones laborales eran extremadamente precarias, jornadas extensas, ausencia de derechos básicos y una represión estatal frecuente ante cualquier intento de organización.
Hechos como la Semana Trágica o la Patagonia Rebelde marcaron a fuego la relación entre el Estado, los trabajadores y el poder económico. La represión violenta de huelgas obreras dejó en evidencia que los derechos laborales no serían concedidos sin lucha. En ese contexto, el sindicalismo fue consolidándose como herramienta de resistencia y organización.
El punto de inflexión llegaría con la irrupción del peronismo en la década de 1940, bajo el liderazgo de Juan Domingo Perón, el movimiento obrero pasó de la marginalidad a ocupar un lugar central en el esquema de poder, es decir se institucionalizó. La creación de derechos laborales fundamentales, la institucionalización de las paritarias y el fortalecimiento de organizaciones como la Confederación General del Trabajo (creada en un periodo anterior al peronismo) transformaron el vínculo entre trabajadores y Estado. Desde entonces, el sindicalismo argentino quedó profundamente ligado a la identidad peronista, con todo lo que eso implica en términos de lealtades y tensiones políticas.
Pero la historia no fue lineal ni pacífica. Durante las décadas siguientes, el sindicalismo también fue protagonista de resistencias frente a gobiernos de facto y políticas de ajuste. Uno de los hitos más significativos fue el Cordobazo, una insurrección obrero-estudiantil que puso en jaque a la dictadura de Juan Carlos Onganía. Aquella jornada no solo evidenció la capacidad de movilización del movimiento obrero, sino también su rol como actor político capaz de alterar el rumbo del país.
En los años 70, el sindicalismo se vio atravesado por fuertes disputas internas, en un contexto de creciente violencia política. La última dictadura militar (1976-1983) implicó una de las etapas más oscuras: persecución, desapariciones y una política económica que buscó entre otras cosas debilitar la organización de los trabajadores. Aun así, sectores sindicales mantuvieron espacios de resistencia, como lo demostraron las huelgas y movilizaciones hacia el final del régimen.
Con el retorno de la democracia en 1983, el sindicalismo recuperó su protagonismo, aunque también comenzaron a evidenciarse nuevas tensiones. Las reformas económicas de los años 90, durante el gobierno de Carlos Menem, impulsaron privatizaciones, flexibilización laboral y un aumento del desempleo que impactó de lleno en la estructura tradicional del trabajo.
Ya en el siglo XXI, el sindicalismo volvió a tener un rol relevante en la recomposición del salario y el empleo tras la crisis de 2001. Sin embargo, los desafíos estructurales no desaparecieron. La informalidad laboral, el crecimiento del trabajo independiente y la aparición de plataformas digitales han generado un universo de trabajadores que muchas veces queda por fuera de los esquemas sindicales tradicionales.
Hoy, el sindicalismo argentino enfrenta un dilema complejo. Por un lado, mantiene una capacidad de presión y negociación significativa, especialmente en sectores formales de la economía. Por otro, debe lidiar con una pérdida de representatividad en amplios sectores, particularmente entre los jóvenes y quienes trabajan en condiciones precarias o no registradas.
Además, la división los gremios nucleados en la CGT y en las dos CTA con su falta de injerencia social principalmente por etiquetarse y seguir a personas que se apoderan de las verdades públicas y de la cosa pública; a los demagogos asalariados que padecen de impaciencia de popularidad porque no tienen el ego trabajado encubriendo mezquinos intereses de poder y electorales, y no propuestas; en sí siguen a palabristas profesionales autorotulados como salvasionistas y no las ideas. Atados a las personas, y no a los programas.
El desafío actual bajo estas circunstancias, no es menor. Se trata de encontrar un equilibrio entre la defensa de los derechos conquistados y la capacidad de adaptarse a un mundo laboral en transformación, la historia ha demostrado que el sindicalismo argentino ha sabido reinventarse en contextos adversos, pero esa capacidad no está garantizada. Requiere voluntad política, apertura, capacitación y formación ayornada a estos nuevos tiempos y con este complejo mundo.
En este 1° de Mayo, la conmemoración no debería quedar atrapada en la nostalgia ni en la crítica fácil. La historia del movimiento obrero argentino —desde huelgas del siglo XIX, principalmente de la FORA, CORA, USA, teñidas con represiones y muertos; desde la Semana Trágica hasta el Cordobazo, desde el peronismo clásico hasta las tensiones actuales— muestra que los derechos laborales siempre estuvieron ligados a la organización colectiva, pero la pregunta que queda abierta es si esa organización será capaz de representar y volver a enamorar a los trabajadores del presente y del futuro, para fortalecer una herramienta que cuando funcionó con unidad y principios se caracterizó por lograr conquistas de las que actualmente las generaciones actuales se benefician.
El sindicalismo debe proyectarse sobre su propia historia, y debe esmerarse en luchar la batalla cultural para que el hombre no sea la cosa teniendo presente que la política fija los objetivos y el proselitismo es meramente una puja de espacios de poder.
Si las organizaciones sindicales no luchan juntas, se reinventan, generan espacios de participación, no acallan a las voces opositoras, y se unen en post de un objetivo altruista mayor, estarán condenadas sin pena ni gloria a perecer.
*Victorio Pirillo – Secretario General STMVL
