Por César “Tuta” Torres*
Cada 1° de mayo no es una fecha más. Es memoria. Es conflicto. Es conquista.
Nace en 1886, en Chicago, cuando miles de trabajadores reclamaban algo que hoy parece básico: una jornada laboral de ocho horas. Aquella lucha terminó en represión, muertos y condenas injustas, pero también en algo más importante: el nacimiento de una conciencia global sobre el trabajo digno.
En Argentina, el Día del Trabajador siempre tuvo una dimensión profunda. Desde las primeras huelgas obreras hasta la consolidación de derechos laborales en el siglo XX, el trabajo fue el gran organizador social. No sólo daba ingresos: daba identidad, pertenencia y futuro.
Pero hoy, esa idea está en crisis.
Los números son contundentes. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos, el desempleo cerró 2025 en torno al 7,5%, afectando a más de 1,6 millones de personas.
Sin embargo, el dato más preocupante no es ese.
Es que trabajar ya no garantiza salir adelante.
En el mismo período, la informalidad laboral alcanzó el 43% de los trabajadores, es decir, casi 6 de cada 10 empleos nuevos son precarios o sin derechos.
Esto implica millones de argentinos sin estabilidad, sin aportes, sin cobertura y sin futuro previsional.
Y hay un dato todavía más profundo:
En los últimos dos años se perdieron más de 200.000 empleos formales privados, mientras crecen el monotributo y el cuentapropismo de subsistencia.
Es decir:
-el empleo no desaparece…
-se transforma en algo más frágil.
El problema ya no es sólo la falta de trabajo.
Es la degradación del trabajo.
A esto se suma un fenómeno silencioso pero determinante: el crecimiento de sectores que generan riqueza pero no generan empleo en la misma proporción. La economía puede mejorar en algunos indicadores, pero eso no se traduce automáticamente en más trabajo ni en mejores condiciones.
Y mientras tanto, emergen nuevas tensiones:
la tecnología, la automatización, la fragmentación del mercado laboral y reformas que reabren debates sobre derechos históricos.
A nivel global, la Organización Internacional del Trabajo advierte que el mundo atraviesa un estancamiento en la calidad del empleo, con más informalidad y menor estabilidad incluso en contextos de crecimiento.
Argentina no es la excepción.
Es, en muchos aspectos, un caso más agudo.
Por eso este 1° de mayo interpela distinto.
Ya no alcanza con recordar el pasado.
La discusión hoy es otra:
*cómo reconstruir el valor del trabajo
*cómo volver a hacerlo motor de movilidad social
*y cómo evitar que millones de personas queden atrapadas en una economía sin red
Porque cuando el trabajo pierde dignidad,
no sólo se resiente el ingreso.
Se resiente el tejido social.
Se resiente la esperanza.
Y ahí, la política ya no puede mirar para otro lado.
*César “Tuta” Torres – Lic. En Ciencia Política










